El proceso de enseñanza-aprendizaje: el taller como modalidad tecnico-pedagógica

Sonia Sescovich

 Cuando un formador  -o un capacitador-  enfrenta el diseño de un proceso de enseñanza-aprendizaje debe hacerlo con la convicción de que el objetivo fundamental que buscará con la actividad de formación será el cambio de las conductas, de las prácticas de las personas al interior de la organización de trabajo.

 El proceso de aprendizaje en los adultos está condicionado por tres tipos de factores. Hay una serie de factores psicológicos y sociológicos que lo condicionan. En este artículo nos limitaremos a nombrar los más relevantes: las necesidades de la persona que aprende, sus motivaciones, su auto-estima, su equipamiento cognitivo previo, la práctica social en la que ha estado inmerso, los conflictos socio-cognitivos que el aprendizaje creará, por nombrar los que me parecen más relevantes.   Pero lo que analizaremos a continuación se centrará en aquellos aspectos técnico-pedagógicos que afectan el aprendizaje del adulto. Y no lo haremos desde la perspectiva de un pedagogo sino con el objetivo de profundizar en la dimensión psico-social del proceso mismo de enseñanza-aprendizaje.

 Obviamente, hay filosofías distintas para enfrentar el proceso de enseñanza-aprendizaje. Y cada filosofía implicará un diseño pedagógico que sea consistente con sus principios.  Aquí escogeremos una que,  nos parece,  ha sido un aporte vital en el terreno de la práctica de la capacitación de adultos. Me refiero a Paulo Freire. 

 Freire, enfrentado al problema de alfabetizar a los adultos, descubrió la potencia que adquiere un método de enseñanza, especialmente en un adulto, cuando se une el aprendizaje de conocimientos con la toma de conciencia respecto de las propias necesidades. Freire se preocupó, principalmente, de que la lectura de las primeras palabras, escogidas entre aquellas de mayor uso cotidiano y las más íntimamente ligadas a los problemas de supervivencia de los analfabetos, constituyeran, al mismo tiempo, los símbolos que les permitieran descifrar la realidad social que cubría el fenómeno del analfabetismo y las claves para enfrentar -y superar- esa realidad. En el método Freire, cada palabra no designa un “hecho” o un “objeto” sino que plantea un problema. De esa forma, aprender a leer por su método significa percibir el mundo que nos rodea, no como un mundo cerrado, sino como una situación que se puede transformar. Esta manera de aprender no cambia solamente la actitud hacia el medio que rodea al analfabeto sino que también cambia su actitud frente a sí mismo. Tomar conciencia de que el mundo no es un dato inmutable ante el cual tenemos que resignarnos o adaptarnos sino, por el contrario, es una tarea por cumplir o un objetivo que alcanzar significa, en definitiva, que la persona tome conciencia de que es un ser humano en desarrollo, que se crea y se forja junto con la realidad que el transforma.  Con esta postura, Freire acoge principios que, tal cual lo indican las investigaciones que se han realizado desde entonces, apuntan al corazón mismo del proceso de aprendizaje.

 Una pedagogía de este tipo no puede, en su metodología, aportar los saberes desde afuera. Por el contrario, el aprendizaje debe constituirse en un diálogo. El proceso de enseñanza-aprendizaje no puede concebirse “para” el educando sino “con” él. El propio educando va diseñando el proceso junto al educador. Y lo hace a partir de sus propias motivaciones, esto es, de sus necesidades. Ello significa tratar al educando como sujeto y no como objeto del proceso. Las concepciones filosóficas dualistas engendraron pedagogías dualistas, que opusieron al educando y al educador en una relación de dominación en la cual el educador imponía paradigmas al educando. Lo propio de una pedagogía que libere al individuo, es ayudar a las personas que están sumergidas por la realidad a sentir y ser conscientes de la necesidad de emerger de esa realidad para cambiarla de manera tal que sus necesidades sean satisfechas. Estas son las claves de la pedagogía de Freire. El desarrollo, el crecimiento de una persona comienza con su deseo de crecer, con su motivación para lograrlo y con la conciencia de los obstáculos que se lo impiden. Obviamente, el método Freire es más que un método de alfabetización. Pero plantea algunas claves para diseñar una metodología general de educación de adultos.  A partir de los aportes de Freire  -y otros-  uno puede replantearse la pedagogía de adultos desde otras dimensiones.

 En primer lugar, la necesidad de que la pedagogía se plantee momentos de ruptura en el adulto. Ello implica que el educando debe aprender a tomar distancia respecto de los modelos y representaciones de la realidad que van surgiendo en el proceso de aprendizaje. Y también debe aprender el carácter relativo que esos modelos tienen. Debe aprender, en fin, que todas las normas del saber y de la acción son creaciones humanas que pueden ser negadas y reemplazadas en el transcurso de la creación continua del hombre por el hombre. En segundo lugar, y ligado a lo anterior, la pedagogía debe ser capaz de estimular permanentemente la imaginación y la creatividad, descartando los obstáculos que las cercenan: los prejuicios, el dogmatismo, los temores, la ceguera. En tercer lugar, la pedagogía debe incluir el momento de la verificación. Es el momento activo del conocimiento. El momento en que la representación mental  se funde con la realidad.  En suma, el adulto debe pasar por tres momentos: de ruptura de paradigmas, de construcción de nuevas representaciones y de verificación de las mismas.

 Desde el punto de vista técnico, lo primero que se plantea un pedagogo son los objetivos que persigue al iniciar el proceso de enseñanza. En esta perspectiva, uno se puede plantear dos alternativas. Por un lado, plantearse la generación de un espacio donde los educandos sean expuestos a nuevas representaciones mentales que puedan desencadenar cambios en sus conductas de entrada, pero sin intentar controlar las conductas de salida, esto es, sin intentar controlar la manera cómo cada participante resolverá los conflictos cognitivos que se le generarán.  En este primer escenario, lo que el formador desea es sólo generar una distancia crítica en el educando con respecto a sus representaciones mentales; algo así como desarrollar su capacidad crítica o reflexiva. Pero también un educador o capacitador se puede plantear como objetivo la transformación de las representaciones iniciales de los alumnos en un sentido o dirección pre-determinada. Es decir, diseñar un proceso de enseñanza-aprendizaje donde las conductas de entrada y salida están perfectamente definidas. Ambas son válidas pero apuntan a formaciones distintas y a temas de aprendizaje, también distintos.

Cualquiera sea la alternativa que se diseñe, afectará la forma del proceso de enseñanza. Pero creo que no el fondo.   Aquí desarrollaremos en detalle una de esas formas o  modalidades que, en mi opinión, es la que mejor cumple con los objetivos esenciales del proceso de enseñanza-aprendizaje. Me refiero al taller como modalidad organizativa de dicho proceso.

 A.-           CARACTERISTICAS PEDAGOGICAS DEL TALLER

 Actualmente, un concepto muy recurrido en la capacitación de adultos es el denominado “Taller”.  Es importante intentar definirlo puesto que se da ese nombre a experiencias muy diversas lo que ha generado confusión. La definición que aquí utilizaremos se enmarca en el interés de este trabajo, orientado esencialmente a trabajar las variables psico-sociales que rodean y condicionan el proceso de aprendizaje en los adultos. Desde esta perspectiva, el taller constituye, sin lugar a dudas, una modalidad muy eficiente de enseñanza-aprendizaje.

 Llamaremos taller a una modalidad para organizar el proceso de enseñanza-aprendizaje, un lugar lo más parecido posible a la realidad cotidiana del adulto, donde se trabaja una tarea común, se elabora y se transforma algo para ser utilizado. Constituye un lugar donde se integran experiencias y vivencias, en el que se busca la coherencia entre el hacer, el sentir y el pensar, examinándose cada una de estas dimensiones en relación a la tarea.

 El taller constituye un lugar de co-aprendizaje, donde todos sus participantes construyen socialmente conocimientos y valores, desarrollan habilidades y actitudes, a partir de sus propias experiencias. Dentro de este espacio, sin embargo, se diferencian los roles de los educandos y de los relatores o facilitadores del proceso de enseñanza-aprendizaje, pero ambos actuando en función de -o comprometidos con- un proceso de mejoramiento en el quehacer del colectivo de trabajo.

 Hay algunos principios que, desde el punto de vista pedagógico, definen más acabadamente esta modalidad de enseñanza-aprendizaje.

 1.-           Aprendizaje en la práctica: los conocimientos se adquieren en una realidad directamente vinculada con el campo de acción de los participantes del Taller. 

Se parte de la base de que aprender un concepto, ligándolo a la práctica en la que dicho concepto expresa su contenido, resulta más formador que aprender a través de una simple comunicación verbal de ideas.                    Cuando hablamos de práctica o de hacer, no nos referimos sólo al quehacer manual, obviamente. Estamos hablando del ejercicio de representar, o re-crear, mentalmente un proceso que implica una secuencia de acciones  concretas y prácticas. Por ejemplo, re-crear un proceso de trabajo. Aprender ligado a la práctica implica: 

  • Superación de la actual división entre formación teórica y formación práctica.
  • Conocimientos teóricos adquiridos a través de un proceso que permita al educando elaborar esos conocimientos y no recibirlos digeridos.
  • Formación a través de la acción/reflexión realizado por los participantes y el facilitador en conjunto.
  • Consideración del conocimiento como un proceso en construcción, donde nunca se llega a la única y definitiva respuesta.

 2.-           Participación: todos los miembros del taller -educandos y educadores- hacen aportes para resolver problemas concretos y para realizar determinadas tareas.

3.-           Integración: lo sustancial del Taller es realizar una tarea o un proyecto de trabajo en la cual se vayan uniendo progresivamente conocimiento y exigencias de la realidad social, elementos teóricos y prácticos, llegando a ser éstos los nervios vitales de la metodología empleada.

4.-           Interdisciplinariedad: la modalidad del taller debe permitir o facilitar la articulación e integración de diferentes perspectivas profesionales en el análisis de una realidad que es común a todos los participantes.

5.-           Globalización: la índole misma de la metodología exige de un pensamiento integrador y no de perspectivas fragmentadas de la realidad con la cual se está trabajando.

6.-           Controversia: los mayores progresos en el aprendizaje se producen en aquellos grupos donde se generan controversias, es decir, cuando durante la interacción del taller se confrontan distintos punto de vista. Ello genera el conflicto socio cognitivo que es la base para que se produzca, en cada persona, un salto en la adecuación de su estructura mental. Para que las controversias sean potencialmente constructivas, deben cumplir las siguientes condiciones:

  •  Que el grupo sea lo más heterogéneo posible; el límite óptimo lo pone la capacidad de intercambiar representaciones del mundo. Un grupo demasiado heterogéneo puede no encontrar un lenguaje común.
  • Que la información que se entregue y se intercambie sea relevante y no haga que los participantes se pierdan en detalles que no tienen significado.
  • Que lo predominante en el grupo sea la tendencia a discrepar sin desvalorizar los planteamientos de los demás, sin descalificaciones.
  • Que se genere o estimule la capacidad empática de los participantes, esto es, que sean capaces  de adoptar las perspectivas de los demás; en este sentido, el rol del profesor o facilitador es vital.
  • Cuánto más cooperativa sean las relaciones que se generen entre los participantes del taller mayores son sus efectos constructivos.

 B.-           FUNCIONES DEL TALLER

 parte de las funciones docentes, examinadas en el capítulo anterior, es importante, en lo que respecta a la formación de adultos, señalar que esta modalidad de enseñanza-aprendizaje también cumple funciones que pudiéramos denominar de servicio. Se trata de una función que puede asimilarse a las funciones de investigación que se realizan en las aulas universitarias. Nos referimos al hecho de que, aparte de constituirse en un espacio de enseñanza-aprendizaje para el adulto, el taller también puede constituirse en un espacio en el cual los miembros de una organización de trabajo profundicen el conocimiento que se tiene de dicha organización o de los procesos de trabajo que allí se dan. En otras palabras, el taller   -por sus requisitos pedagógicos-  puede transformarse en un espacio de reflexión colectiva, más aún si los profesores o facilitadores también forman parte de la misma organización de trabajo. Si al diseñar un taller se tiene en cuenta esta posibilidad que brinda, se pueden obtener algunos beneficios adicionales para la organización:

  •  Reducir la brecha entre los conocimientos teóricos y las prácticas de trabajo en la realidad concreta.
  • Estimular la resolución de problemas
  • Mejorar el proceso de toma de decisiones
  • Mejorar los propios procesos de trabajo en un espacio en el cual se desarrollan elementos que simulan un laboratorio.

 Mirado desde esta perspectiva, el Taller también puede ser conceptualizado como un espacio de práctica social en el cual se pueden reforzar las relaciones de trabajo participativas y democráticas.

 C.-           LA ORGANIZACION DEL TALLER

 Para que un  grupo de aprendizaje logre sus objetivos es necesario, en síntesis, que se genere un clima que sea propicio al aprendizaje, tema que ya hemos abordado con detalle. Sin embargo, para lograrlo, hay que tener muy claro los diversos roles que en el grupo se tienen que desempeñar. Ello dice relación con los aspectos organizacionales del taller.

 Rol del educador: su función nuclear es la de propiciar el proceso de enseñanza-aprendizaje. Pero esto, a su vez, plantea una serie de exigencias.

                 A.-           Lo primero que conviene destacar es que el profesor debe asumir el rol de facilitador del proceso de aprendizaje. 

 Aprender significa desencadenar procesos internos que permitan cambiar conductas. Ello hace que, naturalmente, se despierten resistencias y se genere ansiedad. Pensar equivale a abandonar un marco que proporciona seguridad y verse lanzado a una serie de posibilidades cuyas derivaciones son desconocidas. Ansiedad y confusiones son, por ello, aspectos ineludibles del proceso del pensar y, por lo tanto, del aprendizaje. El facilitador debe suavizar este proceso. Para ello no debe perder de vista que los individuos y los grupos no pueden cambiar radicalmente, de un momento a otro. Cuando hablamos de cambios conductuales estamos hablando de procesos lentos y, normalmente, de procesos que se dan en aproximaciones sucesivas. Por ello, el facilitador debe plantearse cambios posibles, realistas y alcanzables, en cada una de las etapas previstas. Debe, además, desarrollar una fuerte capacidad empática para poder realmente “vivir” con los educandos el proceso de cambios que en ellos se quiere operar y tratar de no perder el control del proceso.

  B.-           Un segundo aspecto respecto del rol del educador tiene que ver con la exigencia de transformarse en observador del proceso grupal.

  El facilitador debe detectar en la conducta del grupo no sólo aquello que es accesible y evidente -los comportamientos y pensamientos explícitos- sino también aquello que se encuentra subyacente, oculto y disfrazado -lo implícito. Para lograrlo debe intentar mantener la objetividad; ello implica evitar involucrarse emocionalmente en las situaciones.

 C.-           Un tercer aspecto que configura el rol del educador en los talleres se relaciona con la necesidad de transformarse en comunicador.

 El facilitador debe propiciar la comunicación. Comunicar significa poner significados en común a través de un proceso que se completa cuando el hablar y el escuchar llegan a un buen equilibrio. Una verdadera comunicación se logra cuando se ha aprendido a escuchar, a pensar sin hablar, o bien a pensar antes y para hablar. El facilitador, para orientar este proceso, puede actuar entregando información, regulando las discusiones frontales y diversificando los canales de comunicación.

 D.-           Finalmente, como parte del rol del facilitador, éste se transforma en un asesor del grupo.

 En el proceso de aprendizaje, el grupo debe ir desarrollando su capacidad para organizarse, acrecentar sus posibilidades autocríticas, tomar sus propias decisiones y tender hacia la autodeterminación. El facilitador debe procurar que el grupo vaya siendo cada vez menos dependiente. Pero siempre deberá entregarle un marco de referencia -que a veces sólo consiste en ayudar al grupo a tomar distancia del problema que están trabajando- para que las decisiones no generen temor.

 2.-           Rol de los educandos:     Para lograr que el taller logre plenamente sus objetivos es necesario que se genere un clima de aprendizaje como el que ya hemos descrito. Y para que ello sea posible, se requiere de parte de los educandos, un conjunto de actitudes, esto es, la predisposición a asumir ciertas conductas que permitan:

 Aportar a la integración del grupo y a su cohesión, en función de los objetivos del taller.

  • Hacer un esfuerzo conciente para permitir que se desarrolle el sentido de pertenencia al grupo, aun cuando éste tenga una corta duración.
  • Preocuparse de desarrollar las habilidades para lograr un adecuado proceso de comunicación.
  • Trabajar con criterios de productividad y eficiencia, en relación a objetivos o metas bien internalizados.

 En un taller ambos roles, el de educadores y educandos, son complementarios. Ello exige una permanente relación de retroalimentación entre ambos. Esto significa que no se puede medir el logro de los objetivos de un taller sólo cuando este finaliza. Por el contrario, se requiere de un proceso permanente de evaluación -por ambas partes- para verificar la maduración del grupo en función de los objetivos planteados.

  D.-         ESTRUCTURA BASICA DEL TALLER

 Existen muchas maneras de estructurar un taller. La que proponemos aquí está pensada especialmente pensando en la necesidad de que los participantes -especialmente el conductor o facilitador- tomen conciencia de los momentos  que es necesario privilegiar durante el transcurso del taller para asegurar el cumplimiento de sus objetivos pedagógicos. Desde esta perspectiva, podemos afirmar que en el desarrollo de un taller existen cuatro momentos claves, que corresponden a focos de atención y no etapas que se suceden en forma independiente o rígida.

                 Primer momento:               el grupo se reencuentra dentro de una atmósfera de confianza, de aceptación, de aprendizaje. El foco de atención es la experiencia o práctica de trabajo de cada uno de los miembros del grupo, incluido el conductor.

                 Segundo momento: se aborda un nuevo contenido o tema de reflexión. Este momento, en el cual el foco de atención está puesto en la reflexión teórica sobre un contenido dado, el grupo construye nuevos conocimientos que enriquecen su bagaje teórico pero que también son funcionales para su desempeño laboral. Se puede implementar a partir de análisis de textos o presentaciones de algún tema.

                 Tercer Momento:  el grupo explicita, en forma colectiva lo aprendido durante el taller. Este momento de toma de conciencia, de sistematización de los aprendizajes construidos durante el taller, debe conducir a la meta cognición de lo aprendido, es decir, a incorporarlo a las estructuras mentales o esquemas cognitivos previos de los participantes. Es el momento en que el conductor genera preguntas tales como: ¿Qué hemos aprendido? ¿Cómo podemos integrarlo a nuestras prácticas laborales o cotidianas?.

                 Cuarto momento: sobre la base del análisis realizado en el momento anterior, el grupo planifica acciones que permitan aplicar lo aprendido y define formas de seguimiento.

 Es importante considerar que en cada uno de estos momentos están presentes los principios que caracterizan un taller: participación, relación teoría-práctica, autonomía, colaboración, reflexión-análisis y evaluación-regulación.

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