La cultura moldea el comportamiento: ¿Puede, sin embargo, liberar?

Sonia Sescovich Rojas

Que la cultura moldea al ser humano es una afirmación que hoy en día nadie cuestiona.  Desde la familia hasta los medios de comunicación, pasando por toda la gama de agentes socializadores, van formando a ese adulto que todos terminamos siendo. Esta es una condición que a muchos hace sentir incómodo.  Los que creen en la posibilidad de la absoluta soberanía individual, buscan los mecanismos que le permiten a cada persona liberarse de las trabas que impone el pensamiento y el quehacer colectivos. Los que piensan que el ser humano nace lleno de imperfecciones –los que han leído “El señor de las Moscas” de William Golding entenderán de qué hablamos- ven en la cultura la posibilidad de superación del ser humano. Pero más allá de la incomodidad que pueda causar,  la afirmación respecto del condicionamiento cultural de la conducta individual es incuestionable.

Es por ello que quizás nos resulte útil escudriñar en los procesos que hacen surgir,  consolidarse y cambiar cualquier expresión de una cultura determinada. Repasemos algunas de las  escuelas de pensamiento que propusieron respuestas a esta interrogante.

Los psicologistas -Freud entre ello-  plantean que los fenómenos culturales derivan de factores psicológicos basados en los impulsos sensitivos.  Freud parte de la analogía entre los fenómenos individuales y los fenómenos socioculturales. A la patología psíquica individual le corresponde una patología colectiva; las pulsiones personales de vida y de muerte  -Eros y Thanatos-  son pulsiones presentes en las sociedades y, necesariamente, crean instituciones.  Consecuentemente, por ejemplo, el complejo de Edipo tiene su correlato social e histórico. Este correlato, lo expresa Freud de la siguiente manera en su libro Tótem y Tabú, escrito en 1912:

«La teoría darwiniana supone la existencia de un padre violento y celoso que se reserva para sí mismo todas las hembras y expulsa sus hijos a medida que van creciendo. [...] Los hermanos expulsados se reunieron un día, mataron al padre y devoraron su cadáver poniendo así fin a la existencia de la horda paterna. Unidos, llevaron a cabo aquello que, individualmente, no habría sido posible realizar. Puesto que se trataba de salvajes caníbales fue natural que devorasen el cadáver. El banquete totémico, tal vez la primera fiesta de la humanidad, sería la reproducción conmemorativa de este acto criminal y memorable, que constituyó el punto de partida de las organizaciones sociales, de las restricciones morales y de la religión”.

Cambiando radicalmente de perspectiva, los economicistas –como los marxistas ortodoxos- explican los fenómenos culturales a partir de los intereses económicos que se generan sobre la base de la estructura de clases de la sociedad.  La cultura dominante es especificada a partir de la cultura y de la ideología de la clase económicamente dominante la cual, además, utiliza los elementos culturales para proyectar y mantener su dominación. Y al hacerlo impregna el conjunto de la cultura de la sociedad con aquellos rasgos que son estratégicos para conservar el sistema que le permite asegurar la estructura de poder. Esta explicación da origen, por ejemplo, al planteamiento de que el protestantismo fue una respuesta a las necesidades históricas del desarrollo económico de la burguesía.

Los idealistas – uno de cuyos representantes más acabados en este tema es Max Weber- sostienen que la cultura tiene su dinámica propia originada esencialmente en la actividad mental y que esa dinámica es tal que se transforma en generadora de las realidades sociales, culturales y económicas predominantes. Dice este autor  ” … la fuerza histórica de las ideas ha sido y es tan predominante para el desarrollo de la vida social, que nuestra revista no puede sustraerse a esta labor; antes bien, hará de su atención uno de sus más importantes deberes”  ( Max Weber, Ensayos sobre metodología sociológica). El conocimiento de los procesos culturales sólo es concebible, en la perspectiva weberiana, “sobre la base de la significación que la realidad de la vida, configurada siempre en forma individual, tiene para nosotros en determinadas conexiones singulares”. Así, la cultura se presentaría ante el observador como una multiplicidad infinita de procesos que surgen y desaparecen, sucesiva y simultáneamente, tanto dentro como fuera de nosotros mismos.

Finalmente están aquellos que –como  Erich Fromm-  sostienen que la cultura tiene su fuente en el carácter social, que a su vez es moldeado por el modo de existencia que se da una sociedad dada. La forma concreta en la cual los hombres se organizan para subsistir, para recrearse, para defenderse, para relacionarse con la naturaleza genera determinadas relaciones sociales entre ellos y en el marco de esas relaciones sociales se va moldeando el carácter colectivo el que, finalmente, se transforma en fuerza constructiva de los fenómenos culturales. Según este autor, la fuerza que tiene ese carácter social es, justamente, uno de los elementos que se levanta como principal limitación a la posibilidad de que los seres humanos alcancen y ejerzan su propia libertad individual de opción.  De allí que la tensión entre lo social y lo individual es determinante para explicar el origen y el desarrollo de la cultura.

Las explicaciones pueden ser muchas pero lo concreto es que los procesos económicos, sociales, psicológicos y culturales se condicionan mutuamente. No importa cuál se produce primero.

Podemos partir del carácter social. Y entonces diremos que este surge de la adaptación dinámica  de la naturaleza humana a las condiciones  sociales. Los cambios en la estructura social dan origen a cambios en el carácter social porque generan nuevas necesidades de adaptación y  nuevos desafíos. Estos originan un verdadero caldo de cultivo para nuevas ideas. Y estas nuevas ideas tienden a estabilizarse e intensificar el nuevo carácter social, determinados nuevas formas de acción humana.

Pero también podríamos partir por la economía. Entonces diríamos que un determinado modelo de desarrollo alcanza tal dinámica y expansión que genera la necesidad de que se produzcan cambios en el desarrollo de las ideas y del conocimiento que, al hacerse dominantes, terminarán cambiando el carácter social y, en definitiva,  el accionar de cada persona.

O de las condiciones sociales. Y decir que en un periodo de transformaciones revolucionarias,  tienden a consolidarse determinadas ideologías las que llevan implícito  modelos de comportamiento social. Pero la adaptación de las personas a estas nuevas formas no es automática ni pasiva sino que se realiza sobre la base de elementos biológicos y psicológicos, ya sean  inherentes a la naturaleza humana o adquiridos históricamente.

Trabajando un ejemplo concreto podemos reforzar esta interdependencia. Tomemos un comportamiento que forma parte sustantiva de la cultura actual, el consumismo. Esta conducta lleva implícitos una serie de valores que caracterizan culturalmente a la sociedad de hoy. El valor de la apariencia, el apego a los símbolos de poder, el significado del éxito, etc. Está claro que el desarrollo de la conducta consumista ha sido el resultado de la manipulación del mercadeo como herramienta básica para enfrentar la competencia, elemento esencial, a su vez, de la dinámica de acumulación de capital. Pero, ¿acaso el mercadeo podría haber alcanzado el grado de condicionamiento del comportamiento que actualmente tiene si no existiera en las personas un cúmulo de tendencias y necesidades que son inherentes a su condición individual?. Difícilmente se podría explicar la necesidad de consumir sin asociarla, por ejemplo, a la necesidad de pertenencia -esto es, sentirse parte de un grupo, para lo cual es necesario identificarse con sus conductas- o la necesidad de seguridad que puede muy bien ser satisfecha a través de la acumulación incesante de bienes materiales.

Sin embargo, aunque la interdependencia existe, si nos contentamos con llegar hasta aquí en nuestra reflexión, no nos damos espacio para creer en la fuerza que puede tener la voluntad humana.

Pensemos, y esto es fundamental, en que cada uno de estos factores posee una cierta autonomía para desarrollarse. Y eso permite guardar las ilusiones a quienes pensamos y creemos en la libertad de opción del ser humano y trabajamos para desarrollar su capacidad de responsabilizarse por sí mismo.

El desarrollo económico depende, en buena medida, de las fuerzas productivas naturales, de la situación geográfica, del desarrollo tecnológico, del manejo  de las grandes variables financieras;  todos ellos factores que son “objetivos” y tienen sus propias leyes de funcionamiento. Por ello, un modelo económico puede llegar a funcionar muy eficientemente –o a no funcionar en absoluto- al margen de las creencias, aspiraciones y valores de una sociedad. Al menos durante un largo tiempo.

Los procesos sociales, a su vez, en algunos períodos históricos logran adquirir tanta fuerza e intensidad, que dejan poco espacio para las preocupaciones o para las reflexiones individuales. Son periodos en los cuales el individuo se sumerge en los conflictos sociales. Pensemos en los periodos de guerra o de las grandes revoluciones.

Los factores psicológicos, aunque  claramente son moldeados por las condiciones externas de vida, tiene su propio espacio de autonomía dado fundamentalmente por la base biológica que tienen. La estructura de carácter, la inteligencia –nos referimos a lo que se conoce como CI, no a la inteligencia emocional- la memoria genética y biográfica y tantos rasgos estrictamente personales que marcan el comportamiento de cada persona.

De la misma manera, la cultura tiene su propio espacio de autonomía basado fundamentalmente en las leyes propias del desarrollo del conocimiento humano. Y cuando reflexionamos en este tema, no podemos dejar de traer al tapete los aportes de Humberto Maturana. El plantea que toda experiencia cognitiva involucra al que conoce de una manera personal, con toda su estructura biológica individual. Postula que, más que percibir el mundo que está fuera de nosotros, vivimos ese mundo en el propio espacio que generamos al actuar, al hacer cosas en ese mundo.

Es el eterno dilema del conocimiento. Es o no es posible la “objetividad”  en este terreno. Maturana no niega la existencia del mundo en que vivimos. Lo que postula es que no podemos separar ese mundo de nuestra historia de acciones, tanto biológicas como sociales, en él. En el acto  de conocer, no podemos separar ese mundo real de la forma cómo ese mundo se nos aparece a nosotros. No tenemos certeza si ese mundo es la realidad o es nuestra ilusión de realidad. En definitiva, a través del proceso de conocer, estructuramos el mundo en el cual vivimos. Dicho de otro modo, nuestro conocimiento no es un reflejo de la realidad. Existe una continuidad entre lo social, lo humano y su sustrato biológico.  Nuestro ser, nuestro hacer y nuestro conocer son inseparable y ello hace  que este conocer no es “en sí” sino que es producto de nuestro ser y quehacer. Es el resultado de la continuidad entre la acción y la experiencia, continuidad que no sólo se da en el plano puramente físico, sino que también se da en nuestro mundo interior, en el plano del lenguaje y de la reflexión; y el lenguaje es nuestra peculiar forma de ser humanos y de estar en el hacer humano. Por ello, el lenguaje es nuestro instrumento cognoscitivo por excelencia.

Si esto fuera así, si estamos de acuerdo con que esta explicación es posible, entonces nos estamos dando un increíble espacio para creer que podemos conocer, pensar y crear expresiones colectivas, expresiones de cultura, que sean libres de las presiones económicas o sociales. De hecho es así. De lo contrario no existiría la diversidad, ni la disidencia, ni tampoco la necesidad de fortalecer un valor como la tolerancia. Pero para aprovechar esos espacios de libertad debemos, primero, ser concientes de que existen. Luego convencernos de la nobleza de la diversidad. Y, finalmente, comprometernos en nuestra acción para apropiarnos y, al mismo tiempo, aportar a esos espacios.

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