Las necesidades y las motivaciones

 Sonia Sescovich

 

Necesidades y motivaciones constituyen, por así decirlo, el motor que impulsa a la persona a actuar. De allí la importancia de estos procesos.

 

Motivación es un término bastante amplio utilizado en psicología para comprender las condiciones que proporcionan al organismo la energía para implementar acciones tendientes a obtener algún fin; y ese fin está relacionado directamente con las necesidades. En otras palabras, la conducta humana se dirige, normalmente, hacia fines u objetivos. En los primeros meses de vida, esos fines están estrechamente ligados a la satisfacción de las necesidades fisiológicas básicas y no es hasta mucho más tarde que la conducta tiende a ser dirigida a satisfacer necesidades de naturaleza psico-social.

 

Veamos cuáles son los elementos que caracterizan lo que se considera, normalmente, una conducta motivada. En primer lugar, diremos que la conducta motivada es cíclica, es decir, que la motivación tiene una curva de intensidad que no se mantiene pareja. En una primera etapa, lo que existe es una necesidad insatisfecha, y esa necesidad despierta la energía que impulsa a la persona a realizar acciones tendientes a satisfacerla. Pero, una vez lograda la satisfacción de la necesidad, el impulso decae, se reduce, o termina. Por ello decimos, que desde el punto de vista de la energía que despierta, la conducta motivada es cíclica.

 

En segundo lugar, la motivación opera como instrumento de selección de la conducta. Cuando la persona experimenta una necesidad, durante algún tiempo orientará su conducta hacia los fines relacionados con esa necesidad y no con otra. Es decir, siempre las personas tenemos alternativas de acción. Y una manera de decidir es, justamente, a partir de la motivación. Porque lo que las personas tendemos a hacer es, normalmente, aquello que nos produce mayor satisfacción. En otras palabras, aquello que satisface necesidades más fuertes y, por ello, genera mayor motivación. Esto no significa que, a veces, la opción se hace con otros criterios que no son el de la satisfacción. Pero incluso en esos casos, si escudriñamos en nuestro interior, veremos que el aplazamiento de una satisfacción se hace en beneficio de otra.

 

Y, finalmente, diremos que la conducta motivada es homeostática. Este rasgo se refiere al hecho de que una necesidad expresa un estado de desequilibrio del organismo, sea este de naturaleza fisiológica o psico-social. La conducta motivada opera con el objeto de volver al individuo hacia un estado de equilibrio. Nos detendremos en este rasgo porque de él surgen teorías importantes sobre la motivación. Que la conducta motivada sea homeostática significa que surge de un estado de desequilibrio entre una necesidad y su nivel de satisfacción. De allí que para entender la conducta de una persona debemos, frecuentemente, preguntarnos por sus motivos. Por eso es importante que nos preguntemos, primero, cuáles son las necesidades que provocan conductas motivadas. En otras palabras, se trata de identificar aquellas necesidades capaces de impulsar a una persona a comprometerse -con mayor o menor intensidad- en todas las acciones que emprende, en los diferentes ámbitos de su vida. El trabajo, las relaciones humanas, la familia, etc.

 

Podríamos iniciar el análisis de este fenómeno recogiendo algunas opiniones que se han ido generalizando en ciertos ámbitos. Hablamos de quienes sostienen que la lógica del sistema hoy imperante ha llevado a la creación de necesidades cuyo valor ni siquiera nos preguntamos y cuya satisfacción conduce a comportamientos discutibles y a fines cuestionables. Este ejercicio nos permite adentrarnos en el problema del consumismo. Se habla mucho de este fenómeno. Pero, ¿qué es, en realidad? Un zapato satisface una necesidad de protección; pero, ¿qué necesidad satisface el que ese zapato sea de una marca determinada. Porque eso también satisface otra necesidad.  Esto significa preguntarnos qué necesidades hay detrás de una conducta consumista. Y esa pregunta nos conduce a análisis bastante interesante.

 

En este ámbito, sería difícil avanzar en el análisis sin recurrir a los aportes que ha hecho Manfred Max-Neef. Vamos a resumir su pensamiento, en lo que respecta al tema que nos ocupa: necesidades y motivaciones.

 

Las necesidades, sostiene Max-Neef, existen con una doble naturaleza: como carencia y como potencialidad. Entenderlas sólo a nivel de subsistencia, sólo como carencia, implica restringir su espectro a lo fisiológico, que es el ámbito en el cual la necesidad asume con mayor fuerza la sensación de falta de algo; pero esto empobrece la comprensión del rol que juegan las necesidades en la conducta humana.  Por el contrario, dicho rol se puede aprehender con mayor riqueza en la medida que entendemos que las necesidades expresan una tensión constante entre carencia y potencia que es muy propia de la naturaleza humana. Esto significa comprender que las necesidades comprometen, motivan y movilizan a las personas; es decir, constituyen una potencialidad y, más aún, pueden transformarse en un recurso para que las personas puedan realizar cosas. Si entendemos así las necesidades -como carencia y potencialidad- resulta impropio hablar de necesidades que se “satisfacen” y, luego, dejan de existir como tales. Por el contrario, la presencia de las necesidades constituyen un proceso dialéctico, un movimiento incesante. Por eso, Max-Neef propone que hablemos de “vivir las necesidades y realizarlas de manera continua y renovada”. Pero para vivir y realizar sus necesidades, el ser humano debe estar inserto en el medio. Es éste el que reprime, tolera o estimula dicha realización. Y es en este punto donde entran lo que Max-Neef denomina satisfactores. Este autor parte de una afirmación que es fundamental. En su libro “Desarrollo a escala humana” sostiene lo siguiente:

 

“Se ha creído, tradicionalmente, que las necesidades tienden a ser infinitas; que están constantemente cambiando; que varían de una cultura a otra, y que son diferentes en cada período histórico. Nos parece que tales suposiciones son incorrectas, puesto que son producto de un error conceptual…este error es que no se explicita la diferencia fundamental entre lo que son propiamente necesidades y lo que son los satisfactores de esas necesidades”.

 

Este es el punto central en la argumentación de este autor y, creemos, es crucial para tener una perspectiva adecuada de este problema. Existen por un lado, necesidades que han, obviamente, acompañado al ser humano a lo largo de su historia como especie. Pero lo que ha variado ha sido la forma de satisfacerlas. Y son los satisfactores los que definen el carácter dominante y la forma de realización que una cultura o sociedad imprime a las necesidades y ellos están referidos no sólo a los bienes económicos sino a todo aquello que permite al ser humano su realización como tal.

 

Max-Neef habla de que el ser humano, justamente para realizarse como tal, debe satisfacer necesidades correspondientes a cuatro categorías existenciales: ser, tener, hacer o estar. Para dar respuesta a esta gama tan amplia de necesidades, los satisfactores incluyen desde los bienes económicos hasta las estructuras y prácticas sociales, pasando por los valores, normas, espacios, contextos, comportamientos y actitudes. En un sentido último, satisfactor es el modo a través del cual se expresa una necesidad. Entendidos así, los satisfactores son productos históricamente constituidos y, por lo tanto, susceptibles de ser modificados. Esto nos conduce a la conveniencia de rastrear el proceso de creación, mediación y condicionamiento entre necesidades y satisfactores. Ciertamente, carecemos de evidencia empírica para sostener que las necesidades humanas fundamentales son permanentes. Pero nada nos impide hablar de que existen necesidades cuya realización ha sido, desde siempre, deseable y cuya inhibición ha sido desde siempre indeseable. Lo que ha variado ha sido el conjunto de satisfactores que las expresaron. Volviendo al ejemplo que planteamos: el consumismo. Quizás sea el ejemplo más claro del carácter social que tienen los satisfactores. Porque el consumismo es la directa consecuencia de la lógica de un sistema socio-económico cuyo desarrollo -e incluso existencia como tal- descansa, justamente, en un crecimiento permanente de la demanda de bienes y servicios. Entendido así la relación entre necesidades y satisfactores, Max-Neef sostiene que las necesidades son atributos esenciales que han variado al ritmo de la evolución biológica del ser humano en tanto que los satisfactores son formas de ser, estar, tener y hacer que han variado al ritmo de la evolución histórica. Ambos, obviamente, muy distintos.

 

Finalmente, este autor propone una clasificación que resulta de enorme utilidad para comprender el rol de necesidades y satisfactores en el condicionamiento del comportamiento humano. Por un lado, parte de los cuatro estados básicos en los cuales se realiza la vida y de ellos deriva cuatro necesidades básicas, como habíamos mencionado: ser, tener, hacer y estar.

Por otro lado, reconoce nueve tendencias hacia la realización del ser humano, que van desde lo biológico a lo ético; de allí deriva nueve necesidades básicas: subsistencia, protección, afecto, entendimiento, participación, ocio, creación, identidad y libertad. Con la ayuda de una matriz, Max-Neef combina estas categorías, y va definiendo tanto los satisfactores como los inhibidores de estas necesidades.

 

A modo de ejemplo, tomaremos la necesidad de entendimiento. A nivel de la categoría “ser”, la necesidad de entendimiento se realiza a través de los siguientes satisfactores: desarrollo de la conciencia crítica, receptividad, curiosidad, capacidad de asombro, disciplina, intuición y racionalidad. A nivel de la categoría “tener”, la necesidad de entendimiento se realiza a través de satisfactores como la literatura, los maestros, el método, las políticas educacionales y de formación, y las políticas comunicacionales. A nivel del “hacer”, para entender las personas requieren de investigar, estudiar, experimentar, educar, capacitar, analizar, meditar e interpretar. Y, finalmente, a nivel del “estar”, el entendimiento exige ámbitos de interacción formativa, espacios de reflexión colectiva, grupos e instituciones cuyo propósito sea el desarrollo del proceso de aprendizaje. La matriz de satisfactores que propone Max-Neef es sólo una propuesta. Más aún, el autor sostiene que un excelente ejercicio para cada grupo es diseñar su propia matriz de manera tal que puedan identificar tanto los satisfactores que mejor se adaptan a su realidad, a sus valores y a los estilos de vida que creen más adecuados, como los factores que están inhibiendo la realización de dichas necesidades.

 

En síntesis, desde el punto de vista de los factores psicológicos que condicionan la conducta humana, la motivación juega un rol esencial porque es ella la que proporciona la energía y la direccionalidad a esa conducta. Pero la direccionalidad no se expresa a través de las necesidades sino a través de sus satisfactores. Y estos son histórica y socialmente definidos. Por lo tanto, están sujetos a manipulación y cambio.

Hasta aquí, hemos intentado explicar de dónde surge la energía que nos lleva a actuar tras ciertos objetivos. Pero no podemos terminar este artículo sin preguntarnos lo que sucede cuando una persona motivada no logra conseguir los fines deseados. Es decir, cuando la conducta desemboca en una situación de frustración. El término frustración se aplica a las circunstancias que dan por resultado la falta de satisfacción de una necesidad o logro de un motivo. Cuando sucede esta circunstancia, son innumerables los procesos que se pueden desatar en una persona; y todos ellos afectan, indudablemente, su comportamiento. En primer lugar, cabe destacar que las personas difieren considerablemente en sus reacciones frente a la frustración. Una persona puede dar pasos constructivos para superar los obstáculos mientras otra sigue soñando con el éxito; una puede volverse enérgica y otra apática. En general, unas pueden resistir bien y otras no. El término tolerancia a la frustración se utiliza, justamente, para designar el grado y la duración de la ansiedad o estrés que acompaña a una situación de frustración. Este es un elemento fundamental para entender el comportamiento de una persona.

Pero, ¿Cuáles son los factores que determinan la tolerancia a la frustración? Nombraremos sólo algunos que creemos son los más importantes. En primer lugar, la fuerza con que la persona vive el motivo, siente la necesidad; obviamente, mientras más motivado se ha sentido alguien, más fuerte será su estrés al no conseguir lo deseado. En segundo lugar, la disponibilidad de metas sustitutivas; es decir, la facilidad con que una persona encuentra maneras alternativas de satisfacer su necesidad. En tercer lugar, la experiencia previa. Las investigaciones psicológicas han mostrado hasta qué punto las experiencias traumáticas de frustración que se viven en la primera infancia obstaculizarán, más tarde la capacidad de una persona para soportar las frustraciones. En cuarto lugar, el nivel en que se ve afectada la autoimagen. Las frustraciones que ofrecen menoscabo o amenaza directa sobre la imagen que tenemos de nosotros mismos son sentidas con mayor intensidad que las otras. Estas son reacciones a la frustración que tienen que ver con la intensidad de la emoción que conlleva. Pero también la forma, el tipo de conducta reactiva puede variar. En general, se habla de dos posibilidades de conducta frente a la frustración: conductas orientadas hacia la realidad externa y conductas orientadas hacia el propio individuo que experimenta la frustración; en este último caso estamos en presencia de lo que se denomina “mecanismos de defensa”.

Las conductas orientadas hacia el exterior son todas aquellas reacciones de la persona tendientes a modificar la realidad que generó la frustración. Pueden ser conductas constructivas, si ellas significan superar los obstáculos sin herir a terceros o a sí mismo; por ejemplo la sustitución de fines o la negociación. Pero también pueden ser destructivas y en este caso estamos frente al fenómeno de la agresión. Dada la fuerza que la agresividad ha ido tomando en la sociedad moderna, es importante no olvidar que, en términos generales, la agresividad tiene su origen en situaciones de frustración. Los mecanismos de defensa, en cambio, implican distorsiones de la realidad que tienen como función el defenderse de la ansiedad resultante de la frustración. El uso de este tipo de mecanismos es muy frecuente y, por la importancia que tiene en la definición de nuestra conducta, hablaremos un poco de ellos.

En general, podemos decir que este tipo de conducta no resuelve el problema planteado por la frustración porque no tienen ningún efecto sobre los obstáculos que la provocaron. Simplemente nos protegen contra la ansiedad. Su rasgo esencial es que operan a nivel inconciente. Veremos cuáles son los más utilizados. En primer lugar, la racionalización. A través de este mecanismo lo que la persona hace es buscar razones lógicas, pero falsas, que explican la frustración de tal manera que las responsabilidad nuestra en la situación se diluye. En general, la racionalización nos conduce a ubicar la culpa, la responsabilidad de lo sucedido, en los demás. No nos confundamos. Si las razones son falsas, estamos en presencia de una racionalización. Si efectivamente el motivo de la frustración fue ajeno a nuestra responsabilidad, la conducta que desplegamos es otra: de aceptación, de sustitución o de modificación de los factores externos. Estas son conductas concientes. Otro mecanismo de defensa muy utilizado es la represión; esta implica que la persona, ante la frustración, sabe que experimentará sentimientos, emociones o impulsos que considera inaceptable expresar -generalmente por razones sociales- y por ello los encierra en su inconciente. No permite que ellos afloren, ni siquiera a su conciencia. En la teoría Freudiana, este mecanismo tiene un gran peso explicativo. La sustitución es otro mecanismo de defensa y consiste en reemplazar los impulsos originados en la frustración y que se consideran socialmente inaceptables por otros impulsos que sean aceptados. Un ejemplo muy recurrido es el de reemplazar la agresividad por una expresión de humor descalificatoria. Finalmente, destacamos el mecanismo de defensa denominado proyección que consiste en atribuir a otros las emociones y sentimientos de dolor o agresividad que nos produjo una frustración, porque en nosotros mismos lo consideramos inaceptable. Como vemos -y es importante repetirlo- los mecanismos de defensa operan a nivel inconciente y con el sólo propósito de evitarnos el dolor, la tensión que provoca la frustración. Pero, a pesar de ello, tienen un fuerte peso en nuestro comportamiento. Y, lo que resulta más grave, es que sus consecuencias no son positivas. Eso es importante de considerar. No son positivas porque no apuntan a cambiar la realidad en la que se originó la frustración. Por lo tanto, la necesidad donde se generó la motivación sigue estando insatisfecha. Al recurrir a los mecanismos de defensa, lo único que hacemos, en el fondo, es postergar una situación de dolor que más tarde, casi con seguridad, volverá a aparecer, en otra situación, bajo otra fachada, frente a otro estímulo, pero reaparecerá. Como el uso de estos mecanismos es inconciente, sólo una gran capacidad de introspección o una adecuada acción terapéutica puede sacar a luz esos mecanismos.

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